sábado, 2 de julio de 2011

EL PRÍNCIPE CUENTECITO

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Dibujos infantiles  de:
Paula Vázquez-Dodero (9 años)
Bianca Vázquez-Dodero (5 años)
(Sus bisnietas)
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Palacio del Rey (Dibujo de Paola, 9 años)

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I


Hace muchos años, en un país muy lejos del nuestro, vivía un, Rey poderosísimo, pero muy enfermo, y por lo tanto muy desgraciado.
Este rey tenia un hijo de seis años: la única alegría de su existencia.
El príncipe niño, además de ser la ilusión de su padre, era el encanto de todos los que le rodeaban, pues veían en él a su futuro Rey.
¿Y sabéis cómo llamaban en veinte leguas a la redonda a nuestro príncipe? ¿A que no os lo figuráis? Pues os lo diré: "El Príncipe Cuentecito”, a causa de la afición desmedida que tenía a que le contasen cuentos de hadas. Tan pronto empezaba alguien a hablar, diciendo; "Pues, señor, esto era una vez”... ya tenía a su príncipe mas quieto que una estatua, y tan atento que no perdía palabra ni gesto del narrador.
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Principe Cuentecito (Dibujo de Bianca, 5 años)
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Traía de cabeza a todos los palaciegos y era curioso ver a lo mejor un señor solemnemente grave, de esos que usan una hermosa barba blanca y que tienen una barriga bastante respetable, leyendo cuentos y más cuentos.
-Ilustre Chambelán, ¿qué leéis con tantísimo interés? ¿Acaso la vida de Nerón?
-No, insigne Ministro de la Guerra -respondía el interpelado- lo que leo es "La novela de un grillo".
-¿Corno?
-No, nada. Un cuento.
-!Ah, vamos! Hay que estar prevenido por si se encuentra uno a su Alteza el Príncipe Cuantecito. Y qué ¿es amena la novelita?
-Pues... le diré. No deja de tener cierto interés. !Hay que ver las cosas que le suceden a ese pobre grillo desde una tarde que se le ocurrió salir a tomar el sol encima de unos tomillos! Y usted que lectura tiene entre manos?
-!Oh, yo, un drama¡ Bastante emocionante por cierto. !Pero qué drama!
-¿De Calderón, quizás?
-!Qué va, no señor! se titula: "La tragedia de una rana" Otro cuento. Decididamente, desde hace algún tiempo hemos vuelto todos a la infancia, mi querido Chambelán. A propósito. Tengo oído que el Secretario particular de su Majestad, es poseedor de una colección de cuentos extraordinarios, que probablemente no los ha oído todavía su Alteza el Príncipe.
— ¿Qué me decís, señor Ministro de la Guerra?
-Más de cien cuentos, señor Chambelán.
-Pero ese Secretario es un hombre feliz! ¿Dónde diablos habrá podido encontrar cien cuentos que el Príncipe no se sepa de memoria? —Eso mismo me pregunto yo.
-¿Qué tal si le pidiéramos que nos dejase alguno?
-¡Buena idea!
Ministro y chambelán dirigieron sus pasos hacia el despacho del secretario, cuando en esto, que al entrar por uno de los pasillos le salió al encuentro el personaje que buscaban, el cual con mirada de espanto y la voz temblorosa por la emoción les dijo:
-¡Señores, el rey se muere!
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El Rey enfermo (Dibujo tomado de la red)
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Entraron todos en la cámara regia y vieron que, efectivamente, el rey se moría sin remedio. Avisaron a los demás palaciegos y al Príncipe Cuentecito, que al entrar y ver las caras de consternación de todos los circunstantes comprendió que algo muy grave sucedía. En su inocencia no sabía que aquella señora llamada Doña Muerte, que rondaba en torno de su padre en aquellos momentos, era una señora fea y mala que nos separa sin piedad, para siempre, de las personas más queridas.
Nuestro pobre Príncipe Cuentecito quedó inmóvil a la entrada de la habitación. Un poco pálido sin saber por qué, mirando a unos y a otros como pidiendo que le explicasen lo que él no comprendía. Nadie contestó a sus miradas interrogativas más que con otras llenas de compasión. Al fin el Rey, incorporándose un poco, le llamó.
-Acercarte, hijo mío.
El niño se acercó; besó respetuosamente la mano de su padre y le miró con aquellos grandes ojos expresivos, tan llenos de ansiedad en aquellos momentos.
-Mira, cuentecito, yo me voy a marchar dentro de muy poco, a reunirme con tu madre.
-!Tú también te vas al cielos! ¿Por qué? ¡Yo no quiero! ¡Todos os vais y me dejáis solo!... Pues llevarme a mí también. Yo no quiero quedarme solo ¡Llevarme! -y se abrazó a su padre llorando desesperadamente.
-No puede ser, hijo mío, no puede ser. Tú tienes que quedarte. Ahora serás un pequeño reyecito y más tarde... ¡un gran rey! ... cumple siempre con tu deber, sacrifícate por tu pueblo... hasta dar la vida por él si es preciso... Sé bueno, bueno de corazón y noble de alma!... Adiós, hijo, adiós!... -y cayó pesádamente sobre los almohadones de su cama. “¡Señores el Rey ha muerto!” -dijo el médico de cabecera.
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II
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-!!Viva el Rey!!
El aclamado era Cuentecito, que subía las gradas del trono con su manto y su corona real. Era el Rey Cuentecito, que iba a ocupar con gran pompa y ceremonia el trono de su padre. ¡Aquel trono tan grande, tan grande para su diminuta persona.
-!!Viva el Rey!! -de nuevo gritaron entusiasmadas y enternecidas miles de voces,
-Señor -dijo el Ministro de la Guerra al reyecito- Dirigid la palabra a vuestro pueblo que os aclama.
-Oye, ministro, ¿y qué tengo que decir yo? preguntó el pequeño Rey.
-Señor, decid que...
-Deja, ministro, deja; ya sé lo que voy a decir.
Y empezó su discurso en la forma que tantas veces había oído empezar a su padre. “Mi querido pueblo. Mi papá y mi mamá se han ido al cielo y me han dejado solo… (A! decir esto le brillaron los ojos llenos de lágrimas, pero él había oído decir que un rey debe ser siempre fuerte y no llorar nunca, así que pestañeó de prisa, tragándose aquellas pobres lagrimillas que asomaron sin poderlo evitar y siguió hablando.) Yo no sé por qué se han ido mi papá y mi mamá, !cuando sabían que yo les quería tanto”… pero... no me han querido llevar al cielo con ellos porque dicen que tengo que ser vuestro Rey, pero… yo no sé por qué, pero... a mí me pone muy triste ser Rey y que mi papá se haya marchado dejándome solo... pero... no estaré ya tan triste si me queréis todos mucho y me contáis muchos cuentos… pero ya no sé qué más… ¡Ah!... y he dicho"
Una salva de aplausos coronó su discurso. Las mujeres lloraban enternecidas y los hombres ponían caras raras y hacían "pucheros" como los chiquillos, emocionados ante el infantil discurso del pequeño Rey.
Ya hacía más de dos semanas que Cuentecito había subido al trono, cuando un día de frío y de nieve, como casi todos los días de aquel país, se le ocurrió salir a pasear en trineo por las afueras de la ciudad.
-Señor, el día está muy frío y vuestra Majestad puede enfriarse.
-¡Yo quiero salir! ¡Mirad, mirad cuanta nieve cae ¡Más que nunca! -decía Cuentecito lleno de entusiasmo.
Se reunieron en consejo los ponderados señores que servían al Rey y convinieron que saliendo bien abrigado y siendo el paseo corto no había peligro. Así que poco después, en su gran trineo, tirado por dos hermosos caballos blancos, atravesaba la ciudad el pequeño monarca, radiante de gozo, con su gorrito y abrigo de pieles y seguido de otros trineos ocupados por las personas de su séquito..
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Paseo en trinero por la nieve (Foto tomada de la Red)
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 No habrían andado media legua fuera de la población, cuando Cuentecito, que todo lo atisbaba, dijo a su acompañante, señalando a un lado del camino:
—Mirad, ¿qué es eso que hay ahí tirado en el suelo?
-Señor, parece una criatura.
-¿Una criatura? Yo quiero verla. Parad.,
Se detuvieron los trineos, descendieron de ellos sus ocupantes y vieron que “eso que había ahí tirado en el suelo” era una pobre niña de unos cinco años, medio helada y casi cubierta por la nieve
-¡Pobre infeliz! -dijo el preceptor de su Majestad.
-¿Qué tiene?! No habla y no se mueve ¿por qué? -preguntó el Rey Cuentecito muy asombrado de que un personaje de su tamaño se estuviera tan quieto y tan callado.
-Parece que el corazón funciona todavía. Sí, sí, escuche usted -dijo el preceptor a uno de aquellos graves señores que acompañaban siempre al reyecito.
-¡Efectívamente!
-¿Está dormida? –preguntó Cuentecito.
-Señor, está helada.
-Pobre niña... pues mira... nos la llevamos a casa y allí que hace siempre tanto calor, pues… no tendrá más frío nunca, ¿verdad? Vamos, de prisa; traedla a mi trineo. Vamos. ¿Que hacéis ahí como unos pasmarotes?
Obedeciendo las órdenes del diminuto Rey, metieron a la riña en su trineo. Y como Cuentecito se empeñase en quitarse el abrigo para ponérselo a la pequeña…
-¡No, señor, vuestra Majestad no puede quitarse el abrigo de ninguna manera!
-¡Yo lo quiero!
-¡Imposible!
-¡El abrigo es mío!
-Aun así, señor, me veo obligado a no permitir a vuestra Majestad desabrochar ni un solo botón de su abrigo.
-Pues quítate el tuyo y pónselo a la niña.
-¿No cree vuestra Majestad que le va a estar un poco grande? La envolveremos en esta manta de pieles.
-Sí, no está mal pensado, y vamos de prisa. ¡A palacio!
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III
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-Mira, doctor, la niña abre los ojos -decía Cuentecito, muy nervioso y excitado de ver que la pequeña recobraba el sentido y empezaba a moverse.
-¡Pobre criatura! si no llegamos a pasar por allí, a estas horas sabe Dios que hubiera sido de ella. Señor, os debe la vida -dijo el doctor dirigiéndose al Rey Cuentecito.
-¿Ya no tiene frío? Oye niña, ¿tienes frío?
-No -contestó la pequeña mirando con asombro a todos los que la rodeaban y contemplando extasiada aquella habitación tan lujosa y confortable.
-¿Cómo te llamas?
-Anicia. ¿Y tú?
-Yo soy el Rey Cuentecito.
-¡¡Tú el Rey Cuentecito!!
-Si.
-¿Y esta casa tan bonita?
-Mi casa.
-¿Estoy dentro de la casa del Rey? Pero... y Danna, ¿ha venido también? Me va a pegar porque no la he llevado el dinero -dijo Anicia abriendo desmesuradamente los ojos y muerta de terror.
-Estate tranquila, Danna no está aquí ni puede entrar pero sería conveniente que nos dijeras quien es esa Danna que te inspira tanto miedo –dijo el doctor acariciando la cabecita de la niña.
-¿Tú no la conoces, señor? Es una mujer muy grande y muy fea, con muchas arrugas en la cara. Yo la tengo mucho miedo porque me pega siempre... por eso me he escapado de su casa. Me hacía mucho daño con sus golpes y me daba mucho susto verla... Tan grande y tan fea; con sus gafas negras. Me mandó a pedir limosna como todos los días, pero como hace tanto frío pasaban muy pocas personas y todas iban muy de prisa y no me daban nada. Entonces me entró mucho miedo de que llegase la noche y tuviera que volver a casa con las manos vacías. Danna me había dicho que si no llevaba para comer, me guisaría a mí como un conejo. Decidí irme muy lejos, muy lejos, para no volverla a ver. Y corrí mucho por aquel camino; pero ya no podía correr más porque tenía tanto frío y estaba tan cansada… me senté sobre la nieve y me entraron muchas ganas de llorar al verme tan lejos y tan sola… entonces me acordé de mi madre que antes de irse al cielo me había dicho "Dios está siempre con nosotros aunque no le veamos, y también la Virgen y el Ángel de la Guarda y... ya no estaba tan sola ni tan triste” Me puse de rodillas, recé una oración a la Virgencita para que no se fuera de mi lado. Luego sentí mucho sueño... mucho sueño... y veía cosas muy bonitas; que Dios me llamaba desde el cielo para ir al lado de mi mamá y que el Ángel de la guarda me daba un beso en la frente, y que la Virgen venía por aquel camino lleno de nieve, y que se presentaba adonde yo estaba y me cogía en los brazos, envolviéndome en su manto. Ya no tenía frío, ni cansancio, ni miedo, ni ganas de llorar; lo que sí notaba cada vez era más sueño, más sueño… y ya no me acuerdo de más. Ha debido de ser la Virgen la que me ha traído a la casa del Rey.
Cuentecito que había escuchado el relato de su protegida, inmóvil, sin pestañear y poniendo los cinco sentidos en las palabras de la pobre pequeña, creyó que estaba escuchando algún cuento parecido a los innumerables que le habían contado, y con los ojos brillantes de lágrimas y la voz emocionada, dijo a Anicia: -Bueno, ¿y qué más? Sigue.
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IV
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!Más cuentos! ¡Muchos más! su Majestad Cuentecito era insaciable y de algún tiempo, a esta parte, su afición por los cuentos había aumentado enormemente. En todos los rincones de palacio veía gigantes monstruosos. Las princesas encantadas y los magos se le aparecían por doquiera. A veces le encontraban luchando desesperadamente contra algo invisible y un poco alarmados le preguntaban:
-Señor, ¿qué os sucede? ¿Estáis enfermo?
A lo que respondía triunfante y con ademanes de héroe:
-¡Acabo de cortar con mi espada cuarenta y ocho cabezas a un dragón colosal que quería comerse a una princesa!
A todas éstas, Anicia estaba ya completamente bien y el pequeño Rey ordenó que la niña quedase en palacio,
Gracias a esta resolución del diminuto monarca, la pequeñuela se vio libres de las garras de Danna; los funcionario de palacios respiraron tranquilos y el mismo reyecito estaba plenamente satisfecho.
Una tarde que Anicia jugaba en el jardín con Loz, el hermoso perro que custodiaba la entrada de palacio, vio una pobre mujer en la puerta, con la mano tendida pidiendo una limosna. La niña se acercó a ella para darle una moneda, pero en el momento de entregársela, la mujer cogió a Anicia y salió corriendo.
A los gritos de la niña el fiel Loz se lanzó detrás en su defensa y abalanzándose sobre la mendiga la derribó al suelo. Ésta daba verdaderos alaridos al sentirse mordida por el perro Loz ladraba furiosamente y la mordía con rabia y Anicia corría llorando aterrada.
En el momento que llegaba a las puertas de palacio salían de éste varios servidores del Rey Cuentecito, que acudían a ver qué sucedía.
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Danna (Foto  tomada de la Red)
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-¡Es la vieja Danna!... ¡Es ella que me llevaba!... ¡No la había reconocido! pero Loz la ha tirado al suelo y me he escapado. Mirad como la muerde -decía la niña temblando de susto.
Cuentecito que había visto toda la escena a través de los cristales del balcón y que esta excitadísimo, exclamó:
-!Yo quiero bajar!
-Vuestra Majestad no puede.
-¡Yo lo quiero!
-Señor, comprended que e s imposible.
-No es imposible.
-Yo no puedo permitir de ninguna manera que baje su Majestad -decía
apuradísimo el preceptor.
-!Soy el Rey!
-Señor, a pesar de todo -dijo el noble viejo inclinándose hasta dar casi con las narices en el suelo
-¡Yo escapo!
Y nuestro buen Cuentecito, uniendo la acción a la palabra, salió disparado, blandiendo su diminuta espada y dando brincos, sin que el grave señor que cuidaba de él, pudiera alcanzarle.
Por fin llegó al grupo formado por Anicia y los servidores, los cuales llevaban a Danna presa. La niña se había agarrado a la mano de uno de
ellos como a tabla de salvación, Se soltó de pronto y corrió a abrazarse a Cuentecito, a quien creyó no volver a ver mas en su vida.
-¡Mira rey, me llevaba! ¿Sabe? Me llevaba para volverme a pegar como
antes.
-Tú eres la bruja de las gafas negras -dijo Cuentecito encarándose con Danna-
-¿Cuántos niños te has comido ya? ¿A cuartas princesas has encarta¬do? ¡Tú eres la que convertiste en asno al príncipe Azul y en flor de cardo a la pobre pastora del cuento.¿Sí te conozco! ¡Pues para que no te queden más ganas en tu vida de hacer cosas malas, toma y toma! Y al decir esto la dio dos soberbios pinchazos en la barriga con su espadín.
En aquel momento llegaba jadeante el viejo preceptor de su Majestad Cuentecito, que, cogiendo a éste por una mano, se lo llevó casi a rastras a sus habitaciones particulares, donde le reprendió soberanamente.
Mientras tanto la vieja Danna fue encerrada en un calabozo de palacio, hasta que decidiesen qué se iba a hacer con ella. Y allí estaba ideando planes siniestros contra Cuentecito y Anicia, para ponerlos en práctica en cuanto se viera en libertad. Pero se equivocaba al pensar que el pequeño Rey iba a soltarla así como así. Éste, obsesionado con las maldades
que se atribuyen a las hechiceras en los cuentos, había decidido que “la bruja de las gafas negras" no volvería a ver más en su vida la luz del día, y que por todo alimento la dieran lo que sobrase de la comida del perro. pero como Loz tenía un apetito excelente y dejaba siempre la cazuela más limpia que si la acabasen de fregar, resultaba que el estomago de Danna no entraba ni un mísero grano de arroz, y nuestra desdichada bruja decidió alimentarse de alguna que otra infeliz cucaracha de las que se paseaban melancólicamente por el suelo del calabozo. Como esto no era suficiente para el mantenimiento de su persona, adelgazaba visiblemente, y a medida que esto ocurría iba adquiriendo aspecto tan macabro que a los quince días de "régimen” sólo le faltaba montarse en una escoba y salir volando por encima de los tejados. En una palabra, que la escuálida y horrenda Danna no tenía nada que envidiar a las mismísimas socias del Aquelarre, que, como ya sabéis, mis pequeños lectores, es el casino de las brujas.
Un buen día nuestro Rey Cuentecito decidió visitar a su prisionera, porque no se fiaba mucho de que aún estuviese donde la había mandado encerrar, ya que temía que se hubiese filtrado, como un espíritu maligno, a través de los gruesos muros del calabozo, para luego seguir haciendo perrerías por el mundo,
-Sí, sí, yo quiero ver si se me ha escapado la bruja.
-Señor -le contestaban- no es posible que esa pobre mujer intente siguiera salir de su encierro.
-Una hechicera como ella se escapó de un calabozo igual a éste, donde la tenía encerrada el Príncipe de la Pluma Verde por haber convertido en copo de nieve a la Princesa Menudita, y ¿a que no sabéis como escapó de la prisión? Pues… fue y se
convirtió en hormiga y salió por debajo de la gran puerta de hierro. !Hum… no me fío! Estas brujas son muy malas y muy listas, y luego inventan cada cosa... A lo mejor… quién sabe... voy a ver.
Empezaron a bajar la interminable escalera que conducía a los calabozos, a aquellos calabozos húmedos y negros, donde no penetraba jamás el más pequeño rayo de sol. Iba primero el vigilante alumbrando el camino con su farol. Detrás bajaba el preceptor del Rey llevando a éste de la mano. Cuentecito veía visiones por todas partes y en los instantes de pánico, que se
daban con mucha frecuencia, se agarraba fuertemente a la mano de su preceptor.
Llegaron a un pasillo estrecho y largo. El vigilante se detuvo delante de una pequeña puerta de hierro que abrió con una gran llave y penetraron todos en las "habitaciones particulares" de Danna.
-¿Dónde está la bruja? ¡Yo no la veo! ¿Veis, ya se ha escapado decía Cuentecito con trágico acento, lleno de desesperación.
-No, señor, vedla allí -respondió el vigilante levantado el farol y señalando hacia un ángulo del calabozo,
Allí estaba, efectivamente, la desdichada prisionera del fiero
Cuentecito, tendida en el suelo y en un estado de enorme debilidad a causa del plan alimenticio que le había sido impuesto.
Permaneció inmóvil haciendo pensar a sus visitantes que estaba muerta. Y
Si no lo estaba, poco debía faltarle pero de pronto, con voz desfallecida, habló asís:
-A tiempo habéis llegado!
“A tiempo… ¿Por qué a tiempo? , pensaba el pobre Cuentecito que sin saber por qué ya no se atrevía a clavar su espada en el corazón de aque­lla hechicera.
¡Él, Cuentecito, el feroz cortador de cabezas de monstruosos dragones,
li­bertador de princesas encantadas! ¿Qué había sido de su valor?
-¡Anicia ¡ ¿Dónde está Anicia? –dijo Danna-. Voy a morir de un momento a otro. Señor, 1a última gracia que os pido es que la avisen; tengo algo muy importante que decirla. En .estos últimos días de encierro he meditado mu­cho sobre mi bárbaro comportamiento con ella. Dios me ha tocado el corazón y pueden ustedes creerme que estoy arrepentida y que tengo unos remordimientos atroces. Necesito el perdón de Anicia para morir tranquila. ¡Po­bre criatura!
Cuentecito que escuchaba desconcertado por completo a la mala bruja de las gafas negras, a quien jamás hubiera creído capaz de nada bueno, di­jo al vigilante, después de un momento de reflexión:
-Corre a buscar a Anicia.
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V
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Danna seguía tendida en el suelo, algo agitada por el esfuerzo que había hecho para hablar, cuando llegaron el vigilante y Anicia, que venía llorando desesperadamente.
-¿Qué me va a hacer? ¡Me va a pegar! -decía la pequeña.
-No, Anicia, no te pego; acércate un momento -respondió la mujer con su voz extremádamente débil.
La niña se acercó con un poco de recelo y un mucho de asombro, ante el cambio que había sufrido la vieja en cuerpo y alma,
-Anicia, voy a morir dentro de breves momentos, y te he llamado para que
antes me perdones de todo el daño que te he hecho… ¡Tanto como has sufrido a mi lado a causa de mi crueldad y de y de mi egoísmo! Tengo, además, que revelarte un secreto muy grande de tu vida… Nasha no era tu madre, como creías. Tú eres hija del Gran Duque Fernando y de la Gran Duquesa Natalia, del país vecino,
-¿La hija única del Gran Duque Fernando? –preguntó el Chamberlán en una expresión de asombro. –Aquella pobre criatura que desapareció sin saber
cómo y sin que nadie pudiera encontrarla muerta, ni viva.
-La robé yo -siguió hablado la bruja. En mi faltriquera encontraréis
Una medalla… es suya... la llevaba entonces… No puedo mas… ¡Adiós, Anicia! ¡Dime que me perdonas para que muera tranquila!
-¡Sí, Danna, yo te perdono, pero no llores -dijo la niña arrodillándose junto a aquella desdichada y poniendo un beso en su arrugada frente.
-Gracias, pequeña. Ya me voy. ¡Adiós!
-Y este otro beso, para que si encuentras a Nasha allí arriba se lo des de parte de su pequeña Anicia. ¿oyes? ¿Me oyes Danna? ¡Ahora que eres buena te vas!... -repetía la chica llorando, pero Danna ya no la oía.
A Cuentecito le caían lagrimones como nueces.
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Pocos días después llegaba al palacio del pequeño Rey Cuentecito, el Gran Duque Fernando, avisado por el Chambelán. Anicia, al enterarse de que aquel señor tan grande y tan guapo era su padre, se quedó parada delante de él, con la boca muy abierta y los ojos también, y una expresión de
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 Gran Duque Fernando (Foto tomada de la Red)
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Asombro imposible de describir. El Gran Duque cogió en brazos a su hija que él creyó perdida para siempre, y cubrió de besos su carita deliciosa digna de una princesita de cuento azul.-Gran Duque, ¿te vas a llevar a la niña? -pregusto Cuentecito alarmadísimo.
-Sí, Majestad, la espera impaciente su madre, que ante la alegría tan grande e inesperada de volver a verla, se impresionó de tal modo que no ha podido acompañarme hasta aquí.
-Yo no quiero que se marche.
-Señor, comprended el deseo que tendrá la Gran Duquesa Natalia por
Volver a abrazar a su hija contestó el preceptor.
Nada, que se le marchaba Anicia a su país, pero sin remedio; que ya no volvería a escuchar más cuentos, porque no le gustaban más que los que ella le contaba; y para colmo de desdichas que seguramente no volvería a verla más en la vida.
Aquella noche, después de cenar, se sentaron los dos pequeños junto a la gran chimenea de campana del salón de lectura y hablaron largo rato.
-¿Te vas con tu papá el Gran Duque? -preguntaba Cuentecito a la niña.
-Sí, pero no sé por qué me dan muchas ganas de llorar.
-A mi también. Dicen que ya no eres Anicia, y te llaman princesa, ¿Por qué?
-Yo no lo sé. Pero mi papá me dice Lucinda cuando me habla.
-Ahora eres princesa y Lucinda, pero Anicia ya no, y te tienes que ir y ya no me contarás más cuentos.
-Ya nunca más -respondía Anicia con los ojos llenos de lágrimas.
-Cuéntame otro cuento. ¡El último!
-¿El último? Pues verás... Esto era una ve una pobre pastorcilla que una vieja hechicera tenía secuestrada; pero un triste día del crudo invierno la niña consiguió escaparse y corrió mucho, mucho por un caminito lleno de nieve, donde poco después la encontró medio muerta de frío y de cansancio el hijo de un Rey que acertó a pasar por allí, y se la llevó a su palacio. La bruja en su satánico afán de hacer daño, intentó robarla otra vez para volverla a encerrar en su horrible guarida, pero el prínci­pe se dio cuanta y mandó a sus servidores que la encerrasen en un calabozo oscuro, en el que no volvió a ver más la luz del día. Al morir la hechicera, la pobre pastorcita se convirtió en una hermosa princesa y tuvo que marcharse a su país, donde la reclamaban con mucha urgencia… !Anda, pero… si se ha dormido!
Efectivamente, Cuentecito se había quedado como un tronco. Anicia apenas podía creerlo, y no pudo por memos de sonreír un poco triste. Se levantó y con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertarle, se marchó de allí muy despacito y el cuanto quedó sin terminar.
Al día siguiente, un hermoso trineo con tres caballos blancos como la nieve, aguardaba a la puerta de palacio dispuesto a llevarse al Gran Duque
Fernando y a su hija la princesita Lucinda.
-Oye, antes da marcharte cuéntame qué le sucedió a la princesa de que me hablabas anoche.
-Pues sucedió que, corno ya te dije, tuvo que marcharse a su país y que el príncipe, después de algunos años, la fue a buscar y se casó con ella,
Llega el momento de marchar; sube el Gran Duque en su trineo y llama a su hija que sigue hablando con Cuentecito.
-Adiós, Rey; ¡Ya no te volveré a ver más!
-Sí, Anicia, digo princesa Lucinda. Mira, cuando yo sea un rey muy grande como lo era mi papá antes de irse al cielo, entonces te iré a buscar a tu país y te casarás conmigo, como la princesa de tu ultimo cuento se casó con la hija del Rey.
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EPÍLOGO
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¿Creéis que el Rey Cuentecito no cumplió su promesa? ¡Vaya si la
cum­plió! Yo sé por un pajarito que me cuenta todo, que el pequeño rey después que pasaron algunos años y hubo crecido unos cuantos palmos más, se marchó con todo su séquito al país vecino y pidió la blanca mano de la princesa Lucinda, celebrándose la boda, poco después, con gran pompa y ceremonia. Y sé también por ese mismo pajarito, (que es un chismoso y me sigue contando muchas cosas) que el Rey Cuentecito y su augusta esposa son un matrimonio muy feliz, y que Dios les ha enviado un futuro reyecito precioso, y tan chiquitín que le llaman cañamón, y que ha salido con tanta afición a los cuentos como su papá.
Como veis, el Rey Cuentecito no olvidó su palabra dada a la princesa Lucinda. Es que Cuentecito era hombre de honor y cuando prometía algo lo cumplía siempre. Por esto y porque fue toda su vida bueno de corazón y no­ble de alma, como había dado palabra de ser a su padre al morir, Dios le bendijo desde el cielo y su reinado fue un reinado de paz y de prosperidad.
¡Ah!, se me olvidaba deciros que todas las noches la princesa Lucinda, antes de dormirse, le contaba un cuento. “Pues señor… érase una vez…
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Eladia M-E.A.
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sábado, 11 de diciembre de 2010

LA PROFESORA ADJUNTA

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. Claustro de Profesores a las puertas del Instituto "El Brocense" de Cáceres (año 1950)

LA PROFESORA ADJUNTA
(Historia de una madre de familia numerosa)
-Cuento autobiográfico-
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De
Eladia Montesino-Espartero Averly
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El joven matrimonio Rávena, en el corto espacio de doce años, y por sus pasos contados, llegó a la bonita suma familiar de ocho hijos. (Familia numerosa de primera categoría)
 
.A pesar de la contextura de la señora de Rávena, fina y pequeña—según su marido, tenía muchos metros debajo de tierra—; los hijos al nacer eran unos angelotes rubios que pesaban cuatro kilos. Sólo uno que vino al mundo prematuramente por una caída de la futura madre, no tenía el desarrollo físico debido. Ella le mi­raba entristecida y le llamaba «su patito feo», recordando aquel cuento de Andersen que leyó cuando era niña y que tanto le había impresionado.
 
.—Será el más guapo de todos— se decía.
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Pero a medida que pasaba el tiempo, le veía consumirse, a pesar de llevar al extremo sus cuidados y sus mimos, incluso contravi­niendo los más elementales consejos de la higiene infantil, pues el niño no dormía en su cuna, sino en la cama a su lado, para dar calor con su cuerpo a aquel pobre cuerpecito falto de calorías y de vida.
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Pero sucedió lo que irremisiblemente tenía que suceder. Una noche que no se borraría jamás de su memoria, sintió un casi im­perceptible estremecimiento en su brazo, sobre el que descansaba la cabecita del niño, y que la hizo estremecerse de pies a cabeza. Aterrada, gritó más que dijo a su marido:
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-¡Enciende!
-¿Qué pasa?
-¡El niño!
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Así era. Ya, entre sus brazos, sólo tenía un montoncito de hue­sos y pellejo, envuelto en unas telas que abultaban y pesaban mucho más que él. ¡Primer rudo golpe que el matrimonio Rávena sufría!
 
Cuando a la señora de Rávena le acongojaba alguna amargura, sentía la necesidad de trasladarla al papel en cortos renglones y en combinación con las Musas del Parnaso. No es de sorprender, pues, que entre sus papeles (cuenta de la plaza, lista de la lavandera, etc.) encontráramos una «Nana» que decía así en una de sus estrofas:
 
.¡Nanita trágica!
Se durmió para siempre
mientras cantaban
sollozando, mis labios,
esta tonada:¡
A la nanita ea
anita nana!
¡Ay, vida de mi vida,
alma de mi alma!

.Toda aquella numerosa y pequeña prole fue creciendo, y los gas­tos aumentaban que daba miedo. Chiquillos llenos de salud y de vida, y ¡con un apetito!... A su padre le temblaban las carnes cuan­do reunidos a la mesa para comer, veía todas aquellas pequeñas mandíbulas moverse rápida y acompasadamente, y la señora de Rávena decía riendo:
 
.— Esto es magnífico, ¿no te parece? Peor sería que estuvieran en­fermos o hubiera que contarles cuentos para hacerles comer, como le pasa a Fulanita y Menganita. Dios proveerá. En este mundo todo tiende a arreglarse... sólo la muerte es lo que no tiene remedio.
 
.Y el remedio para los conflictos económicos de la familia Rávena lo mandó Dios desde el Cielo en forma de un amigo de la casa que enterado de que la cátedra de Francés del Instituto de Enseñan­za Medía iba a quedar vacante, venía a comunicárselo por si les interesaba.
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—Naturalmente que nos interesa, y mucho —dijo la señora de Rávena muy decidida- Esa cátedra la quiero yo.
 
¡Tú! —exclamó su marido lleno de asombro, aunque sabía que su mujer conocía bien dicho idioma.

— Eso no puede ser. ¿Y la casa? ¿Y los chicos? —Nuestra hija mayor se ocupará de todo, pues aunque no tiene aún quince años, la creo capacitada para ello.
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—Mamá -dijo muy serio el que ya cursaba estudios en dicho cen­tro docente—. No, tú no. No sabes lo malos que son los chicos del Instituto y lo burlones, y con lo buena que tú eres.


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Sin embargo, la señora de Rávena se impuso. Fue a Madrid en donde tenía muchas y buenas amistades que la ayudaron a conse­guir un puesto tan solicitado.Una mañana, día de la apertura de curso, salía valiente y decidida, con su cartera bajo el brazo, a cum­plir su misión, con el corazón rebosante de optimismo y dando gra­cias a Dios.
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Su marido y sus hijos la despidieron en la puerta, besándola y abrazándola repetidas veces y haciéndola mil recomendaciones tales como éstas: «No te canses mucho». «Sé dura con los chicos, si no te comerán por un pie»... Corrieron todos luego al balcón a verla marchar y la dijeron adiós hasta perderla de vista. Parecía que mar­chaba al campo de batalla y que no iban a volver a verla más.
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«¡Dios mío! «—pensaba Emma Monterly mientras caminaba rápi­da— «En qué trotes me he metido. ¡Yo profesora del Instituto y de las Normales! Sé el francés igual que el español. No en vano mi madre es francesa y en casa de mis abuelos maternos no se hablaba en otro idioma. En mi infancia pasábamos todos los veranos en Hendaya, en Biarritz y en San Juan de Luz; he estudiado en colegios franceses varios años, ¿pero sabré enseñar lo que sé?,.. ¡Dios me ayudará»!
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Y Dios la ayudó desde el primer momento..
Saludó al Director que la presentó a sus alumnos. «Aquí tenéis a vuestra nueva profesora». Los treinta y nueve muchachos del se­gundo curso de bachillerato, de pie, firmes, y respetuosamente, es­cuchaban las palabras del Director que les hablaba desde la cátedra teniendo a su derecha a la «profesora adjunta». A Emma Monterly, sin poderlo remediar, le temblaban las piernas y sentía deseos de sa­lir corriendo del aula, sin embargo, nadie pudo sospechar lo que la ocurría. Para su carácter más bien tímido aquello era un momento de prueba.
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—Espero —continuó el Director— que guardaréis el máximo res­peto a esta señora, y que el esfuerzo que va a hacer por enseñaros el idioma de Moliere no será estéril.
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Habló después breves palabras con la «adjunta» y salió.
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—«Creo —pensó la señora de Rávena— que yo también debo decir algo a estos muchachos». Pero le aterraban los discursos porque no tenía facilidad de palabra y además temía que los chicos descubrie­ran cierto temblorcillo de miedo en su voz. No obstante, y como quien se tira al agua de cabeza para no sentir tanto la impresión, sa­lió del compromiso como pudo y empezó así:
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—No esperéis de mí un discurso, son aburridos y además Dios no me ha llamado por el camino de la oratoria. Sólo quiero saludaros, y deciros que encontraréis en mí una profesora y una amiga. (Iba a decir: «Una madre», por la fuerza de la costumbre, pero se acordó a tiempo de que no estaba en su casa, sino en un centro oficial)—Pue­den ustedes sentarse.
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Y así transcurrieron los días trabajando incansablemente con los alumnos de todos los cursos. Al parecer estaban contentos y apren­dían con facilidad, salvo algunos malos estudiantes que se distraían con sólo ver volar una mosca; pero Emma Monterly sentía que su amor maternal se extendía también a los hijos de los demás y... ¡allí sí que tenía una numerosísima familia!.
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—«Le voy a poner un cero por hablar en clase»—decía. Pero ese cero no se ponía nunca, y los muchachos iban ganando terreno y confianza, empezando a pensar que aquello era pan comido.
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Cuando los alumnos de primer curso veían a su profesora en lo alto de la cuesta que bajaba al Instituto, corrían en tropel hacia ella, gritando:-¡Madame, madame! ¡Usted no sabe! A Fulanito se lo han llevado los guardias por romper de una pedrada el farol de la esquina.

—«¡Bien hecho'.- decía madame, haciendo alarde de in­dignación contra el agresor del alumbrado público.—«¡Madame, madame! A Menganito le han tenido que llevar a la Casa de So­corro porque se ha roto un brazo»

—¡Vaya por Dios, cuantas des­gracias suceden en este Instituto!-decía Madame. ¡Todos venían a contárselo a Madame! ¿No decía usted, señora profesora adjunta que en usted tendrían «una amiga, una buena amiga»? ¿Acaso puede sorprenderle ahora que sus alumnos lo hayan tomado tan al pie de la letra?.
 
.Al principio no comprendía por qué aquellos pequeños, al entrar ella en el Instituto, la iban saludando a su paso con un respetuoso «Bon jour monsieur l'abbé»(«Buenos días, señor cura»). Luego recordó que el profesor que ocupaba antes que ella la cátedra era un sacerdote, y naturalmente estaba muy en su punto, entonces, saludarle así, pero no a ella que nunca había cantado misa y que por lo tanto, si desea­ban saludarla en francés correctamente tenían que decir «Bon jour, madame». Y así lo hizo saber.
 
.Podrían contarse por docenas las anécdotas de la señora de Rávena en su primer semestre de profesorado, humorísticas unas, tris­tes otras, pero el tiempo apremia. Su falta de experiencia de lo que era un Instituto, la llevó a veces a lamentables situaciones, que más adelante supo evitar. Como tenía su última clase bastante tarde y el aula estaba ya falta de luz, dijo en tono amable:
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.—Uno de ustedes, ¿quiere hacer el favor de encender la luz?.
Los cuarenta y ocho alumnos de primer curso se precipitaron atropelladamente hacia el interruptor, con el fin de cumplir el deseo de su profesora.

.—¡Todos a vuestros puestos!— gritó furiosa, sin poderlo remediar y tuteándoles sin darse cuenta.
.Aquella turbamulta volvió a sus sitios en la misma forma bulliciosa y desordenada en que salió de ellos.
 
.—He dicho uno sólo..

La clase entera se precipitó de nuevo hacia el interruptor. Madame dio un enérgico puñetazo en la mesa, impropio de sus suavidades evangélicas, saltando a un tiempo el tintero y la campanilla, y los chicos corrieron de nuevo a sus puestos pasando por encima de me­sas y bancos, y metiendo un ruido de mil de a caballo...! Ya com­prendió la «señora profesora adjunta» que aquí lo necesario era de­cir un nombre, pero aún no conocía a sus alumnos! Hacía falta uno, uno cualquiera, y buscó, temblando, en la lista el nombre salvador, el primero que tropezaran sus ojos.
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— ¡Fernando González¡ -exclamó.
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Púsose en pie un chiquillo que no levantaba dos cuartas del suelo y que naturalmente, no llegaba a la llave aunque se hubiera subido en una silla.

.—«Madame, ¿enciendo yo?... ¿Enciendo yo?... Enciendo yo?» —gritaban todos de pie desde sus sitios, y de nuevo se precipitaron hacia el interruptor de la luz. Aquello tenía algo de trágico-cómico y de caótico. La pobre señora de Rávena se encontró impotente para dominar aquel barullo. Temía que el Director o el Jefe de estudios pasaran por allí en aquellos momentos y entrasen a ver qué escán­dalo era aquél. Sintió deseos de echarse a llorar como una chiquilla, pero supo dominarse. No fue el Director, ni el Jefe de estudios quien se asomó a la puerta del aula, fue... quien menos podía pensar... su marido, sí, su marido, que venía con un paraguas a buscarla porque llovía a cántaros. Comprendió la señora de Rávena el efecto desas­troso que aquel desorden en clase, aquella falta de respeto había pro­ducido en el ánimo de su marido, y anduvieron en silencio por las angostas calles empinadas, viejas calles de ciudad antigua, tan visi­tadas por turistas de todo el Mundo.
. .Los pasos del matrimonio Rávena resonaban en la solitaria calle­ja y las lechuzas que anidaban en los vetustos torreones parecía que querían imponer silencio con su «chiiis» característico. Entraron en una iglesia y rezaron también silenciosamente. Ella, llena de zozobra, levantó los ojos inquisitivos hacia él y vio, a la escasa luz del templo, cómo dos gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas:
 
.— ¡No vuelves más!... ¿Lo oyes? ¡No vuelves más!
 
.Aquella escena que no olvidaría nunca, y el temor a perder su puesto de «profesora adjunta», con los consiguientes trastornos económicos en la familia, hicieron que Emma Monterly reaccionara y cambiara por completo en adelante. Bien le decían los demás señores profesores y catedráticos:- «Doña Emma, cuando venga al Instituto, deje usted su corazoncito en casa».
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Tenían razón sus compañeros. Con un corazoncito así no se po­día ir a ninguna parte. Ya, los ceros que se ponían en la lista, eran ceros de verdad, auténticos ceros que no se quitaban y rebajaban la nota. Si algún alumno no se comportaba debidamente en clase, era advertido y expulsado si reincidía. La querían y la respetaban, aun­que no pudo librarse del correspondiente mote que los alumnos te­nían puesto a cada profesor.
 
.—Abran los cuadernos para empezar el dictado.
Todos se preparaban en silencio. Entonces, la «profesora adjun­ta», con voz clara y buena pronunciación empezaba así:
 
.—Dicté. «Je vous trouve apropos, (virgule) mon oncle, virgule)...
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¡Ah, bien sabía ella el mote que sus alumnos le habían puesto! Pero en vez de enfadarse le hacía gracia, aunque se guardaría muy mucho de que ellos se enteraran. Para los siete cursos de bachille­rato del Instituto, Emma Monterly de Rávena era... “Madame Virgule” (La señora coma).
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Cierto día y con el máximo respeto y temor se acercó a ella el «empollón» de tercero y le dijo:

 —«Madame, ¿puedo hacerle una pre­gunta»? —Naturalmente que sí. Ya les he dicho repetidas veces que cuando no entiendan alguna cosa o tengan la menor duda pueden preguntarme lo que sea. «Aquí, en donde dice: L'enfant écoutait et voici ce que disait le vent dans les arbres. A esa ele que va al prin­cipio del párrafo sola, por qué se ha elidido la «e» del artículo, ¿se le puede poner arriba una virgulíta? «-Sí, hijo mío, pon esa virgulita donde dices sin el más ligero temor- le contestó Madame Vir­gule, retozándole la risa en su interior. - Cuando hay elisión o su­presión de una vocal por razón de eufonía, se reemplaza dicha vocal por esa... virgulita que se llama apostrophe—. «Sí, madame, lo ten­dré muy en cuenta».
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El primer trimestre había llegado a su fin y empezaban las califi­caciones de los alumnos oficiales. Reuníase el claustro de profesores alrededor de la larga mesa presididos por el Director. Emma Monterly de Rávena la noche anterior, esperó a que su marido y sus hijos se acostaran para sacar, con más tranquilidad, la nota media y quedó desconsolada al ver que en primer curso, de los cuarenta y ocho alumnos que tenía en clase, treinta y seis estaban suspendidos. Buscó méritos a unos y a otros para poder salvar a quince o veinte por lo menos, pero no podía ser; tenían demasiados ceros por indis­ciplina y esos no los perdonaría por nada si quería mantener el or­den en clase y que aprendieran bien la asignatura.
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Eran las cuatro de la mañana y todavía seguía dándole vueltas a las notas, a los ceros, a los cuadernos y a los chicos. Asustado por su tardanza en acostarse se levantó su marido y la encontró delante de las listas, con una cara tal de consternación que no pudo por menos de preguntarle:

.—¿Qué te pasa?
—¡Algo horrible! que sólo en primer curso, de los cuarenta y ocho alumnos que tengo en él, treinta y seis están suspendidos.
-¡Estupendo! ¡Magnífico!... Eso está bien.
Pero es que... entre los treinta y seis suspensos están tus dos recomendados.
¡Hombre, eso ya no está tan bien! ¿Y no hay forma de salvar­los de la escabechina?
—No— contestó la «adjunta» ¡No tienen remedio!.
—Pero, mujer, por Dios, que son los hijos de mis dos mejores amigos.
-Lo siento... lo siento— contestó ella muy compungida.
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Al día siguiente, después de calificar los señores profesores y ca­tedráticos, reunidos todavía en torno a la larga mesa, la dijeron:
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—«Ha sido usted dura con los chicos, doña Emma »
-Bueno... sí... ya lo sé, pero prefiero no recordarlo.
—¿No le decíamos que al venir aquí dejara el corazoncíto en casa?»- y se echaron a reír.
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Cuando la señora de Rávena llegaba a su domicilio, cansada de querer meter en la cabeza de sus innumerables alumnos todos los secretos de la Gramática francesa, la recibían sus hijos con graves acusaciones contra la joven ama de casa, que se defendía valiente­mente. — «Mamá— decía uno de ellos —Maruja nos ha dado de me­rendar cinco higos pasos y un pedazo de pan«— ¡Bueno, bueno! No la guardéis rencor. Otro día os dará una merienda más a tono con vuestro apetito. Y tú, mi pequeña, no extremes demasiado el celo por la economía, no sea que vayan a debilitarse tus hermanos—, «Pero, mamá, si es que no me llegaba el dinero para más» —decía ella—. ¡Mi pobre Maruja! No te preocupes, de .aquí en adelante la merienda la traeré yo.
 
.Una mañana, al volver del Instituto, la señora de Rávena encon­tró al segundo de sus hijos, con otros muchachos mal trajeados, cu­yos padres no podían permitirse el lujo de pagarles las diversiones, empujando, para hacer andar unos caballitos de madera llamados vulgarmente de «el tío vivo», que carecían de maquinaria y sólo daban vueltas gracias a los enérgicos esfuerzos de los chiquillos que no po­dían pagar. —¿Qué estás haciendo?— preguntó la señora de Rávena a su hijo. —«Mamá, es que cada cinco veces que empujo, el hombre me deja montar una» ¡Qué congoja sintió la madre al oír aquella aclaración de labios de su hijo! Abrazó al pequeño contra su cora­zón y le dijo: -Toma, no vuelvas más a hacer eso- y vaciando su monedero en las manos del niño volvió a repetir llena de tristeza: —¡No vuelvas más a hacer eso! ¿Me lo prometes? -«Sí, mamá, te lo prometo»—. Y ahora monta cuanto quieras en los caballitos. Y cuando esperaba que su hijo se precipitase sobre alguno de aquellos briosos corceles pintados de colorines, que tanta ilusión le hacían, vio con asombro que la devolvía todo el dinero que ella le había da­do, la abrazaba casi llorando y salía corriendo para casa.

.La primavera se presentó magnífica, en todo su esplendor. El parque estaba delicioso, los árboles cubiertos de hojas nuevas y los rosales pictóricos de capullos y de rosas.






Como los días eran ya lar­gos y la señora «profesora adjunta» salía a tiempo de poder disfrutar del aire y del sol, el señor Rávena la esperaba todas las tardes en un banco del paseo con su amigo inseparable «el libro». Lector impeni­tente nunca le faltaba esta buena compañía, aunque a veces le hacía exclamar:

.«Busqué una estúpida manera de matarme,
como nadie se mata,
leyendo hermosos libros
que llenan de dulzor y de vene­no el alma».

.Amante de la literatura siempre tenía un libro entre las manos. Así no es de sorprender que esperase a la señora de Rávena sentado en un banco del paseo y enfrascado en la lectura de alguna obra literaria. Sentóse junto a él, dejando la cartera sobre la falda y miró distraídamente a los niños que iban y venían con sus pelotas y sus triciclos. Algunos se acercaban y entablaban conversación con ella. —«No has tenido bastante con tus hijos». A él no le hacía muy feliz la proximidad de los pequeños. Acababan por subirse de pie en el banco y pisarle el sombrero que había puesto en él. Un día se col­mó la medida. Encima de que no le dejaban enterarse de lo que leía, dijo uno de ellos a otro más chiquito que trepó al banco como pu­do: -«¡Bájate!... ¿No ves que pisas el sombrero del abuelo»? A la señora de Rávena le produjo la mayor hilaridad que llamaran abue­lo a su marido, pero él no pudo por menos de exclamar:-«¡Dónde estará Herodes»!

.Quedaron solos y una hoja seca, que tal vez pudo aguantar los envites del aire y la lluvia del invierno, cayó sobre la cartera de la «profesora adjunta». Aquello le produjo una triste impresión y le sugirió no menos tristes pensamientos que trasladó en forma de Ele­gía a una cuartilla.
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Todas, todas las tarde con tu libro en la mano
me esperas en el banco del alegre paseo
donde gritan los niños, hablan bajo los novios,
y solos y en silencio toman el sol los viejos.
.
¿Dónde está nuestra infancia, patrimonio florido,
nube color de rosa porque el sol la ilumina
y nuestra juventud de bellas ilusiones?
¡Oh dulces, adoradas ilusiones perdidas!
.
Todo pasa y no vuelve, y nosotros seguimos
nuestra ruta en el mundo camino de lo eterno.
¡Cuántas veces al tiempo le decimos: “¡Espera!”
y el tiempo insobornable nos responde: “¡No puedo!

.”De nuestro largo viaje ya en su postrer jornada
unidos como siempre, bien pronto hemos de entrar.
nuestros hijos crecieron: “Los niños ya son hombres
”Te digo y se sonríe mi orgullo maternal.
.
Con tu libro en la mano, como todas las tardes,
espérame en el banco del florido paseo,
donde gritan los niños, hablan bajo los novios
y solos y en silencio toman el sol los viejos.
.
¡Qué pena da pensar que ha de llegar el día,
ese día terrible tan cierto y tan temido,
que inútilmente esperes que yo acuda a tu lado
o que salga y me encuentre solo el banco vacío!
.
Así era efectivamente, habían pasado varios años y los niños ya eran hombres. Aquellos abundantes suspensos que venían a casa de los Rávena se habían convertido en notables, sobresalientes y has­ta matrículas de honor. El día que el segundo de la numerosa prole dijo: —«Papá, yo quiero ser marino», se armó un gran revuelo en la familia. Trataron de disuadirle con ruegos y consejos, pero nada se consiguió. La madre sentía una inmensa tristeza. Era perder un hijo; y le atemorizaba pensar en los peligros que le acechaban.

.¡Ay marino de tierra adentro, ¿por qué soñaste con el mar?
.Siguiendo el ejemplo de su hermano, el que hacía el número cua­tro de la serie también dijo que quería ser marino. Y empezaron las largas travesías con sus innumerables peligros. Sufrieron tempora­les horribles; estuvieron a punto de naufragar en varias ocasiones y fueron prisioneros de los hielos del Báltico. En pocos años recorrie­ron casi el Mundo. La casa de los Rávena iba quedando solitaria y triste, sin el buen humor, las bromas y las risas de todos aquellos muchachos, altos, fuertes —«en aquella familia todos eran largos, menos la madre»— y que tanto alegraban el ambiente del hogar.
.
¡Qué lejos están los puertos
de la tierra donde vivo!
¡Qué lejos están, Dios Santo,
para ver a mis marinos!
.
Ellos viven mar adentro
y yo tierra adentro vivo:
¡Con qué inquietud más profunda
me postro ante el Crucifijo!
.
Ya vieron la mar violenta
que alza montes y abre abismos
y se han tornado de pronto
más serios y pensativos.
.
Brillan de ilusión sus ojos
soñando con su destino.
Mar en calma. ¡Quién dijera
que ocultas tantos peligros!
.
¡Cómo se esperan sus cartas!
¡Cuántas veces se han leído!
¡Qué sabor a sal de lágrimas
deja en el alma lo escrito!
.
¡Cómo voláis poco a poco
de lo que fue vuestro nido
!Para el mundo ya sois hombres,
para mí sois siempre niños!

.Y es que a través de los años
aún alegran mis oídos
tropel de cálidas notas,
de «nanas» y villancicos.

.¡Qué lejos están los puertos
de la tierra donde vivo!
¡Qué lejos están, Dios Santo
para ver a mis marinos!
.
El matrimonio Rávena quedó ya completamente solo y cuando ella bendecía la mesa antes de empezar a comer, al ver todos los si­tios de sus hijos vacíos se le ponía un nudo en la garganta y le sa­lían las palabras a duras penas.
.
.Ya no hay niños en casa¡
¡Ya, todos son mayores¡
¡Qué pena recordar
sus rostros seductores.
.
Y esa sana inquietud
de chiquillos traviesos
que se hacen perdonar
con caricias y besos…
.
El tiempo se me escapa
veloz de entre las manos;
quisiera detenerlo:
¡Mis esfuerzos son vanos¡
.
y los que ayer, inquietos,
probaban mi paciencia
hoy hablan de mil cosas
casi con suficiencia.
.
¡Levantaréis el vuelo
pájaros de mi nido¡
Dejaréis estos brazos
que tanto os han mecido¡
.
Os llevarán muy lejos
alas de la ilusión…
pero habréis de acordaros
de este viejo rincón.
.
Y cuando esté la casa
vacía y silenciosa,
besaré vuestras huellas
impresas en las cosas:
.
Aquel juguete roto,
con la cuerda saltada;
la pintura “rupestre”
que vuestra mano alada,
.
dibujó con soltura
de pequeño maestro
en mi devocionario,
que tomasteis por vuestro.
.
De aquel libro de Bécquer
la página rasgada,
vuestros cuentos de Andersen
con su pasta arrancada…
.
¡Destrozos que en su tiempo
os valió un buen sermón
me traerán luego al alma
nostálgica emoción¡
.
En el ambiente frío
del hogar sin encanto
flotará vuestra risa,
sonará vuestro llanto.
.
Alegres y lejanos
ecos de vuestra infancia
llenaran el ambiente
de una suave fragancia.
.
¡Nos dejaréis tan solos¡…
solos como aquel día
al volver del altar
radiantes de alegría¡
.
¡Solos igual que entonces,
mas todo tan cambiado¡…
¡Qué blancos los cabellos,
el corazón cansado,
.
sin brillo la mirada
alegre y sonriente
y surcarán arrugas
mis manos y mi frente.
.
Al mirarnos de nuevo
tendremos que pensar
¡ay¡ ¡ que toda una vida
pasó por nuestro hogar!
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Un día, ya solos, completamente solos, le dijo a su marido:
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—Tengo el presentimiento de que me van a quitar el cargo.
Durante nueve años había renovado su nombramiento sin dificul­tad, pero esta vez llegaron a sus oídos ciertos rumores que la tenían intranquila.
 
-Sería conveniente prevenirse, ir a Madrid para evitar cualquier sorpresa.
.El señor Rávena la miró con dulzura y la dijo tras de considerar que tan sólo quedaban ella y él:
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—No, no irás a Madrid. ¿No le parece a la señora «profesora ad­junta» que ha trabajado bastante? Y además, ya... ¡para qué!
.Eladia Montesino-Espartero Averly
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jueves, 12 de noviembre de 2009

EL PEQUEÑO INVITADO (Cuento de Navidad)

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EL PEQUEÑO INVITADO(Cuento de Navidad)
AÑO 1945


¿Un cuento, mis pequeños lectores?
¿Os gustaría de hermosas hadas o de poderosos magos? ¿Lo preferís, tal vez , de príncipes encantados o de enanillos cascarrabias?.
…No. Vamos a dejar tranquilos a estos seres más o menos fantásticos y descendamos a cosas más humanas… Escuchadme; voy a contaros el cuento de un niño muy pequeño que tenía un corazón muy grande.
¿Estáis ya sentaditos, calladitos, formales, atentos? Pues… escuchad, que empiezo.
Antes quisiera haceros una pequeña advertencia: que ésto que voy a referiros, no es cuento, sino historia, es decir, que ha pasado de verdad y no de mentirijillas, como sucede en los cuentos.
Estaréis impacientes por conocer al héroe de mi historia y no quiero haceros esperar más.
Aquí tenéis a un nuevo amigo: Joselín o Selín, según él, pues en su deliciosa media lengua, como era tan pequeño y debía de tener muy buen apetito, se comía muchas letras de las palabras al hablar y ésto le sucedía hasta con su propio nombre.
¡Qué cabecita de rebeldes rizos, la de Selín! ¡qué mofletes redondos y coloraditos como una manzana! ¡Qué ojillos vivos y escudriñadores! ¡Qué nariz regordeta y chatilla!... Era, como vulgarmente se dice ahora, “un sol de chico”. Con todo y con eso, por dentro, su alma era mucho más “sol” que su cuerpo.
¡Cómo nevaba aquella tarde!... Caía la nieve menudita y silenciosa, con gran entusiasmo de Selín, que palmoteaba de alegría.



-¡Papá, mira, todo se pone blanco, cada vez más blanco!
Efectivamente, nuestro amiguito tenía razón. La nieve lo cubría todo y el paisaje presentaba un aspecto, tan diferente, tan nuevo a los ojos del pequeño espectador, que éste reía, saltaba, palmoteaba y gritaba lleno de gozo.
-¡Qué bonita es la nieve!... ¡Yo quiero que nieve todos los días!. -¿Todos los días? –preguntó el padre, sonriendo ante el infantil entusiasmo- Te cansarías más pronto de lo que tú crees.
-¡No me cansaría nunca, papá!... ¡Yo quiero que nieve mil días seguidos!
-Además –insinuó su padre- ¡has pensado en los pobrecitos niños que no tienen casa, que se mueren de hambre y de frío por esas calles de Dios?
-¿Qué has dicho, papaito? –interrogó el niño, quedándose repentinamente quieto y serio y mirando a su padre con singular asombro.
-Quiero decir, mi pequeño Selín, que los niños pobres que no tienen buena casa como tú, con buena calefacción, como tú la tienes y ni siquiera ropa suficiente para estar abrigaditos como tú lo estás, en vez de disfrutar, sufrirán mucho y hasta pueden caer enfermos en estos días de nieve que a ti te parecen tan bonitos.
-¿Y qué harán? –preguntó nuestro pequeño Selín, con los ojos ya llenos de lágrimas.
-Pues, hijo mío, llorar.
Volvióse Selín a contemplar de nuevo la nieve, que tan alegre y alborozadamente mirara antes y apoyando su frentecita en los cristales del balcón, quedó así unos segundos. Mientras observaba, distraídamente, cómo seguían cayendo los copos, cual diminutos pedacitos de algodón, resbalaron por sus redondos mofletes gruesas lágrimas que no pudo contener.
-¡Bah! –dijo su padre, cogiéndole en sus brazos y secándoselas cariñosamente con el pañuelo-. Te he entristecido con mis palabras. Se acabó. Mírame… y sonríe.
El pequeño Selín intentó obedecer; pero la sonrisa que inició convirtióse en un “pucherito” y bajó la cabeza hasta dar con la barbilla en el pecho.
-¡Vaya por Dios, hombre! ¡Qué corazón tienes! ¡Pues sí que vas a estar divertido toda tu vida! Anda; dí que te vistan, que ahora mismo, antes de que sea más tarde, vamos a salir tu madre, tú y yo a comprar los turrones y los dulces para la cena de esta noche. Ya verás cuantas cosas vamos a traer. ¡Y qué ricas!
Vistió a Selín el ama Concha con un buen abrigo de inmejorable paño, su buena bufanda y sus buenos guantes de punto de lana, confeccionados por su madre con primor y cariño, no sin que antes le calzaran sus costosas botitas de excelente cuero, sus estupendas polainas de ante. Púsole después una pequeña boina, graciosamente inclinada y tras de mirarle y remirarle por todas partes, quitándole un hilillo blanco que se le había pegado en la manga del abrigo, le besó amorosamente, y le dijo satisfecha: -¡Ea, ya está mi niño! Corre a avisar a papá.
Nuestro pequeño Selín salió corriendo por el pasillo, olvidada ya por completo la escena que anteriormente había tenido con su padre junto al balcón del despacho, pues en aquellos instantes, la visión de los turrones y peladillas ocupaba todos los rincones de su pensamiento. Intentaba saltar de alegría mientras corría hacia el despacho. Inútil empeño, porque nuestro Selín iba hecho un paquete. Recordaba a uno de esos gorrioncitos que, a veces, mis pequeños lectores, veréis posados en las barandillas de vuestros balcones. Intentó de nuevo dar un brinquito, mientras gritaba con entusiasmo:
-¡Olé! ¡Qué bien, papaito! ¡Ya podemos salir!...
Pero perdió por completo el equilibrio y rodó como una pelota de lana.
Crujía la nieve bajo los piececitos de Selín, que caminaba cogido de las manos de sus papás.
Lleno de gozo, juguetón y travieso, daba con la punta del pie a la nieve, que salía esparcida por el aire. Para divertirle, hízole su padre una bola que le puso delante del pie; y nuestro amiguito “chutó” tan bien como pudiera haberlo hecho el mejor de los futbolistas.
¡Qué ricos turrones!... Vosotros seréis muy golosos, ¿verdad? Sí; bien lo veo en vuestros ojos mis pequeños lectorcillos, porque cada vez que hablo de cosas dulces os relaméis de gusto. Además me lo ha dicho un pajarito que me cuenta todo.



Así es también mi pequeño héroe. No os extrañe verle volver a su casa radiante de alegría. ¡Son tantas y tan ricas las golosinas que llevan sus papás! Hasta el ama Concha ha tenido que venir a echarles una mano. Porque aquellos paquetes, habéis de saber que iban llenos de turrones, figuritas de mazapán, piñonatas, peladillas, frutas escarchadas…Bueno; no sigo, porque veo que se os está haciendo la boca agua y no quiero poneros los dientes largos antes de tiempo.
Pasó Selín con sus padres por una calle, solitaria y mal alumbrada, cuando vió sentado junto al quicio de una puerta a un niño que lloraba amargamente y tiritaba de frío. Su cabecita era una verdadera maraña de rubios rizos, sucios y mal cuidados; la camisita y el pequeño pantalón, hecho jirones, apenas cubría su débil cuerpecillo, hasta tal punto delgado, que allí no había más que huesos y pellejo. Sus ojos, llenos de lágrimas, expresaban más claramente que las palabras la tragedia de su corazón.
Selín se soltó repentinamente de las manos de sus padres y, acercándose al pobre niño, le preguntó:
-¿Por qué lloras?
El interpelado no contestó y siguió llorando.
-¿No oyes? ¿Por qué lloras? ¿Y tu mamá y tu papá? ¿Por qué no vas con ellos a comprar los turrones?
-Mi padre ha muerto y mi madre está pidiendo por la plaza con mis dos hermanos más pequeños –murmuró, casi entre dientes, el niño, en medio de lágrimas y suspiros.
No llores,. Vete con tu madre. Estás muerto de frío –dijo la mamá de Selín, poniendo en pie al pequeñuelo.
-¿Dónde está tu casa?- le preguntó Selín.
No tengo casa.
“No tiene casa –pensaba Selín entristecido- no tiene papá, no tiene a penas ropa con que abrigarse; no comerá turrones esta noche, y tal vez ni siquiera pan…”
Y, encarándose con su padre:
-Este niño es de los que tú decías antes que no se ponían contentos, como yo, cuando nevaba.

Mientras Selín hablaba así, su padre había puesto mil pesetas en la manita helada del pobre chiquito, y le aconsejaba que volviese al lado de su madre. Pero Selín, cogiéndole por una mano, dijo a su papá, con mirada suplicante:
Papaito; quiero que este niño cene en casa conmigo y que coma muchos dulces como yo.
-No seré yo quien te prive de este gusto, mi querido Selín.
Su madre, emocionada, besó con ternura a nuestro amiguito, y el ama Concha, con el dorso de su gruesa mano, se limpió una lagrimilla que le resbalaba por el rostro.
¡Qué noche inolvidable para Selín! Con permiso de su mamá, regaló ropa de su armario al niño pobre, hasta que quedó perfectamente vestido, no sin que antes, el ama Concha le diera un buen “fregado” , con jabón y agua caliente.
-¿No tienes juguetes? –le preguntó Selín –Toma este caballo para ti y este carrito y esta pelota. ¿Te gusta este avión? Para ti también- Y jugaron juntos, como dos buenos amigos, hasta el momento de cenar.
Mientras tanto, Selín, hizo mil preguntas a su invitado. Averiguó que se llamaba “Palillo” ; que tenía seis años; que su padre, mientras vivió, arreglaba cacharros viejos de cocina y componía paraguas rotos…
-Pero, oye, chico, -dijo el ama Concha sonriendo- Eso no es un nombre. Que yo sepa no hay ningún San Palillo en el calendario. Será un mote.
-No sé, señora –contestó tímidamente el pequeño invitado- Sólo sé que me llaman “Palillo” porque dicen que estoy siempre “mu delgao”
¡Qué bien tenía todo dispuesto la mamá de Selín en el comedor! La mantelería, la vajilla y la cristalería eran las de las grandes solemnidades.
Los turrones, las figuritas de mazapán, pastas, frutas escarchadas; piñones y peladillas; caramelos, bombones, artísticamente colocados en bandeja de plata con primorosos pañitos de encajes, estaban diciendo ¡¡cómeme!!

El padre de nuestro amiguito, recordando un pasaje de los Evangelios, observó con voz suave, no exenta de emoción:
-“Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a mí me recibe”
-Muy bien –exclamó la madre de Selín- en vista de lo que acabas de decir, “Palillo” ocupará el puesto de honor de nuestra mesa.
Sentáronse a ésta. El pequeño invitado denotaba en cierto temblorcillo de sus manos, la honda turbación espiritual que sentía. Los ojitos bajos, la naricilla con las fosas bien abiertas, percibiendo el grato olor que despedía la sopera. Sin atreverse a mirar a ninguna parte, sobrecogido y trémulo porque sentía cómo caía sobre él las miradas de los padres de Selín, de Selín y de ama Concha. Pero, en verdad, esta situación duró muy poco, pues en cuanto “Palillo” se llevó a la boca la primera cucharada, desapareció casi por entero su azoramiento y comió con tanta gana y fruición que apenas tenía tiempo para contestar a las preguntas que le hacían.
Terminada la suculenta y sabrosísima cena, la mamá de Selín, con dulce y bien timbrada voz, entonó un villancico, para encanto de los dos niños que la escuchaban con la boca abierta.

Por la calle arribita
va el niño Jesús,
de piedrita en piedrita
posando la cruz.

Al terminar, todos rompieron en una salva de aplausos.
-Yo no he de ser menos. Allá va mi villancico –dijo el padre-



En Belén tocan a fuego,
del portal sale la llama:
es una estrella del cielo
que ha caído entre las pajas

-¡Ay, papaito! ¿Se quemaría el Niño Jesús?
-No, Selín, porque verás… llegó un angelito, con una preciosa regadera de oro y lo apagó en seguida.
-¡Ama Concha, ama Concha, ahora tú! –gritaba el niño.
-Yo ya soy muy vieja, Selín, y no sé si me acordaré de algún villancico.
Vamos a ver si te gusta éste:

¡Ay, que niño tan chiquito!
¡Ay, que cara tan galana!
¡Ay, que niño tan bonito
que nació en esta comarca!

Siguió el ama Concha, con su voz un poco cascada, y al terminar en medio del mayor entusiasmo, dijo a Selín:
-Vamos allá, mi niño, tú no vas a ser menos.
La vocecita de nuestro héroe sonó así:

Al niño recién nacido
todos le entregan un don;
yo soy niño, nada tengo,
le entrego mi corazón.

Todos los aplausos fueron pocos para Selín. De pronto éste se volvió hacia “Palillo” y le dijo mientras le abrazaba:
-¡Ahora tú, ahora tú!
-Sí, sí –dijeron todos- Ahora que cante “Palillo” un villancico.
El pequeño invitado, hundió la barbilla en el pecho y hubiera querido desaparecer debajo de la mesa.
-¿No sabes ninguno, “Palillo”?- le preguntó la mamá de Selín con ternura.
-No, -contestó éste-
-Pues canta otra cosa que tú sepas. Vamos a ver, ¿Qué sabes cantar?
Sin levantar los ojos del mantel, tímido, ruboroso y con voz apagada, contestó “Palillo”:
-No sé cantar más que la pelona.
A todos les hizo mucha gracia la salida del niño y el padre de Selín , lleno de entusiasmo y buen humor, dijo al pequeño:
-¡Bien por la pelona; duro con ella, “Palillo”!
“Palillo, sin levantar la cabeza, con buena entonación y mucha parsimonia, cantó la pelona, con gran regocijo de todos.

La pelona no se pela
porque no tiene dinero…

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Terminada la fiesta, “Palillo”, vestido con los trajecitos de Selín, los bolsillos llenos de dulces y abrazado a sus juguetes, fue conducido por los padres de éste al lado de su madre.
Ya supondréis, mis pequeños lectorcitos, la impresión que no le haría a ésta, ver llegar a palillo con su nueva vestimenta, los juguetes bajo del brazo y acompañado de tan encopetados señores.
“Palillo” repartió sus dulces entre sus hermanos y se restregó los ojos con sus manecitas, no sabemos si porque tenía sueño o porque creyó que había estado soñando.

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Este es el cuento, mejor dicho, el sucedido que quería relataros. ¿Queréis mis pequeños y amables lectorcitos, imitar a Selín la próxima Noche Buena?
Ya sabéis lo que dijo Jesús: “Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a Mí me recibe”.

Eladia Montesino-Espartero Averly
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